¿Quién influye realmente en nuestras decisiones de compra? con Marc Perelló

Bienvenidos a un nuevo episodio de Hybrid Leaders, el podcast de marketing de kauai.

Hoy hablamos de una pregunta que afecta a cualquier profesional del marketing: ¿Quién influye realmente en nuestras decisiones de compra?

Para ello contamos con Marc Perelló, especialista en comportamiento del consumidor y dinámica social aplicada a la toma de decisiones. Actualmente es profesor en EU Business School y ESIC, acumula más de quince años de experiencia en marketing y acaba de publicar Me lo compro, un libro que propone una nueva forma de entender cómo compramos: no desde la perspectiva del consumidor aislado, sino desde la influencia que ejerce todo su entorno.

El consumidor paga, pero no decide solo

Durante décadas hemos construido estrategias de marketing partiendo de una premisa muy concreta: que el consumidor decide solo, de manera racional y siguiendo un proceso lineal. Sin embargo, esa visión está cada vez más alejada de la realidad.

El gran error ha sido pensar que las personas actuamos como seres completamente racionales. La mayoría de los modelos tradicionales describen la compra como una secuencia ordenada: descubrimos una marca, la consideramos, comparamos opciones y finalmente compramos. El ejemplo más conocido es el funnel de conversión, que plantea un recorrido casi perfecto desde el primer impacto hasta la compra.

Sin embargo, hoy existen suficientes estudios que demuestran que las personas no decidimos así. Nuestro comportamiento es mucho más complejo, cambiante e impredecible.

En kauai, por ejemplo, hace tiempo que trabajamos con un modelo diferente. Entendemos el proceso de compra como un recorrido cíclico, donde el usuario entra y sale constantemente de distintos canales, compara información, consulta opiniones y vuelve atrás antes de tomar una decisión. La realidad ya no responde a un recorrido lineal.

Precisamente esa visión conecta con la idea central del libro: alrededor de cada decisión de compra existen tres grandes grupos de influencia.

El primero es el círculo de confianza, formado por las personas más cercanas: pareja, familia, hijos o mejores amigos. Son quienes nos aportan seguridad y cuya opinión buscamos cuando necesitamos confirmar que estamos tomando una buena decisión.

El segundo es el círculo de pertenencia. Aquí entran todas aquellas personas con las que compartimos nuestro día a día: compañeros de trabajo, de universidad, del gimnasio, del club deportivo o incluso personas a las que seguimos habitualmente en redes sociales. No existe necesariamente una relación íntima, pero sí un sentimiento de pertenencia a una misma comunidad o estilo de vida.

Por último está el círculo de referencia, integrado por aquellas personas cuya opinión consideramos especialmente valiosa: expertos, periodistas, creadores de contenido, influencers o líderes de opinión.

Estos tres círculos nos acompañan constantemente y, aunque muchas veces no seamos conscientes, condicionan buena parte de nuestras decisiones de compra.

Una duda habitual consiste en diferenciar esta influencia social de las modas. A simple vista podrían parecer fenómenos similares, pero funcionan de forma distinta.

Una moda es una tendencia visible a la que decidimos sumarnos de forma consciente. Observamos que un producto está triunfando y queremos formar parte de ese fenómeno. Es una influencia explícita.

En cambio, la mayoría de nuestras compras responden a mecanismos mucho más sutiles. No elegimos únicamente porque algo esté de moda, sino porque sentimos que esa decisión encaja con la imagen que tenemos de nosotros mismos o con la que queremos proyectar hacia los demás.

Es ahí donde empiezan a actuar esos tres círculos de influencia.

Eso no significa que desaparezca nuestro criterio personal. Evidentemente seguimos tomando nuestras propias decisiones. Al fin y al cabo, somos quienes pagamos.

La diferencia es que rara vez decidimos completamente solos.

Podemos resumirlo en una frase muy sencilla: pagamos nosotros, pero no decidimos solos.

Cuando tenemos varias opciones, primero hacemos un filtro personal. Descartamos aquello que no encaja con nuestros gustos o necesidades. Pero, una vez reducido el abanico de posibilidades, entra en juego el entorno.

Consultamos, preguntamos, observamos reacciones o simplemente imaginamos cómo será recibida esa compra por las personas que nos rodean.

En muchas ocasiones ni siquiera somos conscientes de estar buscando esa validación. Aun así, ese proceso ocurre constantemente y termina influyendo en la decisión final.

Las compras cotidianas, las marcas y la influencia del entorno

Si pensamos en nuestras compras del día a día, resulta mucho más fácil entender hasta qué punto decidimos en grupo.

No hace falta hablar de grandes inversiones. Basta con algo tan cotidiano como elegir unos cereales, un yogur o cualquier producto del supermercado.

Hoy es habitual escanear la etiqueta con una aplicación para comprobar si los ingredientes son saludables, enviar una captura a la pareja preguntando qué le parece o compartirla en un grupo de WhatsApp antes de decidir. Sin darnos cuenta, buscamos una segunda opinión que confirme nuestra elección.

Lo mismo ocurre con la moda.

¿Cuántas veces alguien se prueba una prenda en una tienda y envía una foto preguntando: «¿Cómo me queda?»?

Ese pequeño gesto demuestra que muchas decisiones necesitan una validación antes de convertirse en compra.

Y no solo sucede con productos de consumo rápido.

También ocurre cuando elegimos un coche, contratamos unas vacaciones, reformamos una casa o incluso compramos un vestido de novia. Son decisiones importantes en las que el entorno suele participar de una forma u otra.

En todos esos casos aparece el mismo patrón: buscamos confirmar que aquello que vamos a comprar también encaja con la percepción de quienes nos rodean.

Ni siquiera hace falta que esa validación sea explícita.

Muchas veces nadie dice "cómpralo" o "no lo compres". Basta una reacción, una expresión o incluso un silencio para interpretar cómo ha sido recibida nuestra decisión.

Ese proceso suele ser completamente inconsciente.

No nos levantamos pensando que vamos a comprar algo para agradar a nuestro entorno, pero nuestro cerebro sí evalúa constantemente cómo encajará esa compra dentro de nuestros distintos círculos sociales.

Un ejemplo muy sencillo es el de aquellas familias en las que varias personas terminan comprando exactamente la misma prenda o el mismo producto sin haberlo planeado. No ocurre por casualidad. Existe una influencia mutua que acaba reforzando determinadas decisiones.

La gran pregunta es: ¿Qué pesa más, nuestro propio criterio o la opinión de quienes nos rodean?

La respuesta es que ambas cosas conviven.

El criterio personal sigue existiendo, pero funciona como un primer filtro. Después aparece un segundo filtro, mucho más social, en el que comprobamos si nuestra elección será aceptada, comprendida o incluso admirada por nuestro entorno.

Ese segundo filtro explica por qué muchas veces descartamos una opción que nos gustaba o terminamos comprando otra distinta que inicialmente ni siquiera era nuestra favorita.

¿Qué marcas entienden mejor este comportamiento?

Las marcas que mejor funcionan hoy son aquellas que han conseguido formar parte de la conversación cotidiana de las personas.

Ya no basta con lanzar campañas o repetir un mensaje publicitario.

Lo importante es conseguir que la gente hable de la marca cuando la marca no está delante.

Nutella es un buen ejemplo.

Más allá de sus campañas, ha construido durante años un imaginario muy relacionado con el desayuno, la familia y los momentos compartidos.

Cuando surge cualquier conversación relacionada con ese contexto, la marca aparece de forma casi automática.

Eso no ocurre por casualidad. Es el resultado de haber construido un relato coherente durante muchos años.

En cambio, otras marcas cometen el error de intentar hablarle a una generación sin entender realmente cómo piensa esa generación.

Un ejemplo es el de algunas campañas dirigidas a jóvenes universitarios que utilizan actores, diálogos y situaciones claramente escritos desde la perspectiva de personas mucho mayores.

El resultado es inmediato: el público percibe que la marca está fingiendo pertenecer a una conversación de la que realmente no forma parte.

Y cuando eso sucede, la desconexión es prácticamente instantánea.

No importa lo buena que sea la campaña desde un punto de vista técnico.

Si el relato no resulta auténtico, la conversación nunca llega a producirse.

Este mismo fenómeno también ocurre en el marketing B2B.

Existe la falsa creencia de que el branding solo importa cuando hablamos del consumidor final.

Sin embargo, las empresas también compran desde emociones, percepciones y validaciones sociales.

Cuando una organización elige un software, un proveedor o una consultora, quienes toman esa decisión siguen siendo personas.

Personas que utilizan Instagram, TikTok, LinkedIn o YouTube, que hablan con compañeros de profesión y que también buscan referencias antes de decidir.

Por eso cada vez resulta más importante construir una marca sólida también en el ámbito B2B.

Figma es un buen ejemplo.

No solo vende un software de diseño.

Ha conseguido convertirse en una referencia dentro de toda una comunidad profesional.

Cuando alguien menciona Figma, inmediatamente aparecen asociaciones relacionadas con innovación, colaboración y diseño moderno.

La conversación ya existe antes incluso de que empiece el proceso comercial.

Y esa es precisamente la gran diferencia respecto al marketing tradicional.

No se trata únicamente de llevar al usuario por un funnel perfectamente diseñado.

Se trata de conseguir que la marca ya forme parte de la conversación mucho antes de que aparezca la necesidad de compra.

Porque cuando una marca consigue ese nivel de presencia, la venta deja de depender únicamente de una campaña y empieza a apoyarse en la confianza que ya existe alrededor de ella.

El estadio de la validación: una nueva forma de entender la decisión de compra

Para explicar cómo funciona realmente este proceso, el libro propone un modelo llamado el estadio de la validación.

La metáfora es sencilla.

Imaginemos un estadio de fútbol.

En el centro del campo está el consumidor. Su objetivo es marcar gol, que equivale a tomar una decisión de compra.

Sin embargo, mientras avanza hacia esa decisión, escucha constantemente las voces que llegan desde las gradas.

En la grada más cercana se encuentra el círculo de confianza: las personas cuya opinión tiene un mayor peso emocional.

En la grada intermedia está el círculo de pertenencia: esa comunidad con la que compartimos nuestro día a día y con la que queremos sentirnos identificados.

Y, en la parte más alta del estadio, aparecen las personas de referencia: expertos, creadores de contenido, periodistas o influencers.

Aunque estén más lejos emocionalmente, muchas veces son quienes generan el primer impacto sobre una marca o un producto.

Todas esas voces actúan al mismo tiempo.

No hablan por turnos ni siguen un orden.

Se mezclan, se refuerzan, se contradicen y condicionan continuamente nuestro recorrido hasta llegar a la compra.

Esa es precisamente la gran diferencia con los modelos tradicionales.

No existe un camino recto.

Existe una conversación constante.

¿Qué necesita una marca para que una compra no sea cuestionada?

La respuesta no consiste únicamente en convencer al comprador.

También hay que convencer a quienes van a validar esa decisión.

Y ese cambio de enfoque resulta fundamental.

Durante años el marketing ha puesto toda su atención en el consumidor final.

Sin embargo, si ocho de cada diez personas consultan, observan o tienen en cuenta a su entorno antes de comprar, significa que una parte muy importante de la decisión ocurre fuera del propio comprador.

Por eso una marca no debería construir un relato únicamente para quien paga.

También debería hacerlo para todas las personas que participan, directa o indirectamente, en esa validación.

Un ejemplo muy cotidiano ayuda a entenderlo.

Hace poco surgió una conversación sobre un producto recomendado por una influencer muy conocida.

Alguien cercano estaba convencido de comprarlo simplemente porque esa creadora de contenido lo había mostrado en redes sociales.

Sin embargo, bastó una conversación poniendo en duda la coherencia de esa recomendación para que desapareciera completamente la intención de compra.

La influencer seguía siendo la misma.

El producto también. Lo único que cambió fue la validación social.

Ese ejemplo demuestra algo muy interesante.

Quizá quien cuestionó la compra nunca habría sido cliente de esa marca.

No pertenecía a su público objetivo.

Y, sin embargo, terminó influyendo decisivamente en la decisión del verdadero comprador. Eso obliga a replantear completamente la estrategia.

Las marcas llevan décadas definiendo con enorme precisión quién es su buyer persona.

Analizan edad, profesión, hábitos digitales, nivel adquisitivo o intereses.

Pero pocas veces dedican el mismo esfuerzo a entender quién rodea a esa persona.

Y, sin embargo, ese entorno puede ser igual o incluso más importante.

Es lógico que haya sucedido así.

Durante más de cincuenta años hemos utilizado modelos que colocaban al consumidor como el único protagonista de la compra.

Hoy los datos cuentan una historia diferente.

Sabemos que la mayoría de las personas consultan, contrastan o reciben influencias de su entorno antes de decidir.

Y esa influencia puede aparecer en cualquier momento del proceso.

A veces es el primer impacto.

Otras veces es el último impulso que termina inclinando la balanza.

Por eso cada vez resulta más difícil predecir el recorrido exacto que seguirá un consumidor.

Las marcas diseñan un customer journey esperando que el usuario descubra primero un anuncio, después visite la web, más tarde lea opiniones y finalmente compre.

La realidad rara vez funciona así.

Hay personas que llegan directamente a una reseña antes incluso de conocer la marca.

Otras descubren un producto porque un amigo lo menciona en una conversación.

Y otras terminan comprando después de haber visto durante meses publicaciones en redes sociales sin prestarles demasiada atención.

El orden cambia continuamente.

Por eso tiene mucho más sentido pensar en un recorrido dinámico que en un embudo perfectamente estructurado.

Hoy vivimos rodeados de canales, impactos y contenidos.

La atención salta constantemente de una plataforma a otra.

Consumimos información de forma fragmentada y simultánea.

En ese contexto, las estrategias demasiado rígidas pierden eficacia.

Cada vez importa menos controlar el recorrido exacto del consumidor y mucho más construir una conversación coherente que pueda aparecer en cualquiera de esos momentos.

Esa conversación es la que termina generando confianza.

Y la confianza sigue siendo el elemento que más influye en cualquier decisión de compra.

Redes sociales, inteligencia artificial y el nuevo papel de las marcas

Vivimos un momento en el que el recorrido del consumidor es más complejo que nunca.

Estamos expuestos a cientos de impactos cada día y resulta prácticamente imposible controlar el orden en el que una persona descubre una marca, la recuerda o decide comprar.

En este contexto, las redes sociales han dejado de ser únicamente espacios para relacionarnos con otras personas.

Cada vez son más plataformas de consumo que plataformas sociales.

Hace unos años entrábamos en Instagram o Facebook para ver qué hacían nuestros amigos. Hoy gran parte del contenido que consumimos pertenece a marcas, creadores de contenido o anuncios.

Las propias plataformas han evolucionado hacia ese modelo.

Entre publicaciones aparecen recomendaciones, publicidad, vídeos sugeridos y contenido patrocinado de forma constante.

Eso obliga a las marcas a competir por la atención en un entorno mucho más saturado.

La diferencia es que algunas consiguen integrarse de forma natural en esa conversación, mientras que otras generan la sensación de ser una interrupción.

Todos hemos vivido esa experiencia.

Aparece un anuncio que parece perfectamente integrado con el contenido que estamos viendo y seguimos consumiéndolo con normalidad.

En cambio, otros anuncios producen el efecto contrario: queremos saltarlos cuanto antes porque sentimos que están interrumpiendo nuestra experiencia.

La diferencia no está únicamente en la creatividad.

Está, sobre todo, en la capacidad de la marca para formar parte de la conversación en lugar de irrumpir en ella.

El papel de la inteligencia artificial

En paralelo, la inteligencia artificial está introduciendo un nuevo intermediario entre las marcas y los consumidores.

Todavía es pronto para conocer el alcance real de ese cambio, porque la tecnología evoluciona prácticamente cada semana.

Sin embargo, ya empiezan a apreciarse algunas tendencias muy claras.

Cuando una persona utiliza una herramienta de inteligencia artificial para buscar información, ya no recibe una lista interminable de enlaces como ocurría tradicionalmente en un buscador.

Recibe una respuesta elaborada.

Eso significa que la IA actúa como un filtro previo.

Selecciona qué información considera relevante y cuál no.

En consecuencia, las marcas ya no solo necesitan posicionarse en buscadores.

También necesitan construir suficiente autoridad para convertirse en una referencia dentro de esos sistemas.

Hoy muchas respuestas generadas por inteligencia artificial siguen apoyándose en información previamente indexada en la web.

Por eso continúa siendo fundamental crear contenido de calidad, mantener una buena presencia digital y construir una reputación sólida.

Pero, a medida que estos modelos evolucionen, probablemente desarrollarán cada vez mayor autonomía para seleccionar y organizar la información.

Eso hará todavía más importante construir una conversación consistente alrededor de la marca.

Porque nunca podremos controlar exactamente desde qué fuente llegará la información que terminará utilizando una inteligencia artificial para responder a un usuario.

Lo único que podemos controlar es la calidad y la coherencia del relato que dejamos en Internet.

Y ese relato se construye todos los días.

No únicamente cuando lanzamos una campaña.

También a través de los contenidos que publicamos, las conversaciones que generamos, las opiniones que reciben nuestros productos o la experiencia que viven nuestros clientes.

En ese sentido, la inteligencia artificial no cambia la esencia del marketing.

Lo que hace es reforzar una idea que ya era importante: las marcas que generan confianza tienen muchas más posibilidades de convertirse en una referencia.

No compramos productos, compramos atributos

Otra de las ideas centrales del libro consiste en entender que las personas no compramos únicamente productos.

Compramos, sobre todo, los atributos que esos productos representan.

Es un concepto ampliamente estudiado en marketing, aunque pocas veces se explica de forma sencilla.

Cada decisión de compra comunica algo sobre nosotros.

Ocurre con un coche, con un teléfono móvil, con una marca de ropa, con unas vacaciones o incluso con el seguro médico que contratamos.

Todos esos productos proyectan una determinada imagen.

Elegir un iPhone, un Samsung o cualquier otro dispositivo no solo implica comparar prestaciones técnicas.

También transmite determinados valores asociados a cada marca.

Lo mismo sucede cuando alguien decide viajar a Bali, a Londres o a cualquier otro destino.

Cada elección construye un relato sobre quiénes somos o, al menos, sobre cómo queremos que nos perciban los demás.

Lo interesante es que este proceso ocurre casi siempre de forma inconsciente.

No pensamos deliberadamente: «Voy a comprar esto para proyectar determinada imagen».

Simplemente sentimos que una opción encaja mejor con nosotros que otra.

Sin embargo, detrás de esa sensación existen años de construcción de marca.

Las empresas trabajan precisamente para asociar determinados atributos a sus productos: innovación, exclusividad, sostenibilidad, aventura, lujo, cercanía o simplicidad.

Cuando finalmente elegimos una marca, también estamos eligiendo esos atributos.

Y, al hacerlo, los incorporamos a nuestra propia identidad.

Por eso las marcas no venden únicamente productos.

Venden significados.

Y son esos significados los que terminan conectando con las personas mucho antes de que aparezca la decisión de compra.

¿Qué debería cambiar un profesional del marketing?

Si un profesional del marketing tuviera que quedarse con una única idea después de esta conversación, probablemente sería esta: ampliar el foco.

Durante años hemos aprendido a definir con enorme precisión al consumidor ideal. Construimos buyer personas muy detallados, segmentamos audiencias y personalizamos mensajes con un nivel de sofisticación cada vez mayor.

Todo eso sigue siendo necesario.

Lo que cambia es que ya no basta.

Hoy sabemos que las decisiones de compra rara vez pertenecen exclusivamente al comprador.

Alrededor de cada consumidor existe un entorno que opina, recomienda, cuestiona y valida.

Y ese entorno también forma parte del proceso de compra.

Por eso una estrategia no debería preguntarse únicamente cómo convencer al cliente final.

También debería plantearse cómo generar confianza en las personas que van a influir sobre él.

Ese cambio de perspectiva afecta prácticamente a todo.

Afecta al mensaje.

Afecta a la creatividad.

Afecta a los formatos.

Afecta a los canales.

Y, sobre todo, afecta a la forma de entender el branding.

Muchas veces quienes influyen en una decisión nunca llegarán a comprar nuestro producto.

No forman parte del público objetivo.

Sin embargo, sí pueden convertirse en el elemento que incline definitivamente la balanza.

Pensemos, por ejemplo, en la Generación Alfa.

Una marca puede desarrollar campañas específicamente dirigidas a niños o adolescentes.

Pero quienes finalmente autorizan o pagan muchas de esas compras siguen siendo sus padres.

Eso significa que probablemente sea necesario construir dos conversaciones distintas.

Una para despertar el deseo del futuro consumidor.

Otra para generar tranquilidad y confianza en quien terminará tomando la decisión económica.

Ocurre exactamente igual en sentido contrario.

Cuando una familia compra un coche, solemos pensar que la decisión pertenece exclusivamente a los adultos.

Sin embargo, los hijos también participan.

Valoran el espacio, la comodidad, la tecnología, las pantallas o incluso cómo se sienten dentro del vehículo.

Puede parecer un detalle menor.

Pero muchas operaciones se deciden precisamente por esos pequeños factores que las marcas no siempre tienen en cuenta.

Lo mismo sucede en numerosos sectores.

A veces un proceso comercial parece completamente cerrado hasta que aparece una opinión externa que modifica la decisión.

No cambia el producto.

No cambia el precio.

Lo único que cambia es la validación social.

Y esa validación puede hacer que una venta desaparezca en el último momento.

Una compra que nunca fue completamente individual

Cuando pensamos en ejemplos reales, es fácil encontrar situaciones en las que creemos haber decidido por nosotros mismos cuando, en realidad, la decisión fue compartida.

Un caso muy sencillo es elegir un restaurante.

Aunque una persona conozca perfectamente una ciudad y pueda escoger cualquier sitio, lo habitual es abrir un grupo de WhatsApp, compartir varias opciones, leer opiniones, consultar reseñas y terminar tomando una decisión entre todos.

En apariencia parece una decisión individual.

En realidad, es completamente colectiva.

Y ocurre continuamente.

Antes de comprar consultamos.

Durante la compra pedimos opinión.

Y después buscamos confirmación.

Subimos una fotografía a Instagram.

Enseñamos el producto a nuestros amigos.

Comentamos la experiencia.

Esperamos reacciones.

Incluso los "me gusta" o los comentarios positivos funcionan como una forma de validación social.

No dejan de ser pequeñas confirmaciones de que nuestra elección ha sido bien recibida.

Las redes sociales han convertido ese proceso en algo cotidiano.

Compartimos lo que compramos, dónde viajamos, qué restaurante elegimos o qué experiencias vivimos.

Y, al hacerlo, también buscamos una respuesta por parte del entorno.

No siempre somos conscientes de ello.

Pero ese mecanismo forma parte del comportamiento humano.

La idea más incómoda para el marketing

Si hubiera que resumir todo el libro en una única frase capaz de incomodar a cualquier profesional del marketing, probablemente sería esta:

La gente no decide sola.

Y, en consecuencia, tampoco basta con convencer únicamente al consumidor final.

Durante décadas hemos construido estrategias apoyándonos en modelos lineales, embudos de conversión y recorridos perfectamente ordenados.

Sin embargo, la realidad demuestra que las personas entran y salen constantemente del proceso de compra.

Descubren una marca por un amigo.

La vuelven a encontrar meses después en redes sociales.

Leen una reseña.

Escuchan una recomendación.

Consultan a su pareja.

Comparan opiniones.

Y solo entonces toman una decisión.

El proceso nunca es tan limpio como aparece en una presentación de PowerPoint.

Por eso cada vez resulta más importante entender el contexto completo que rodea al consumidor.

No basta con conocer quién compra.

Hay que comprender quién influye sobre esa compra.

Porque muchas decisiones no se ganan —ni se pierden— delante del producto.

Se ganan o se pierden mucho antes, dentro de las conversaciones que las personas mantienen con quienes forman parte de su vida.

El consumidor no decide solo 

Después de toda esta conversación, hay tres ideas que resumen perfectamente el cambio de paradigma que propone Me lo compro.

La primera es que el consumidor no decide solo.

Cada decisión de compra se construye dentro de un entorno social formado por personas que validan, recomiendan, cuestionan o frenan nuestras elecciones. Pensar únicamente en el comprador significa ignorar una parte fundamental del proceso.

La segunda idea es que el primer impacto nunca es el final del trabajo.

Una campaña puede despertar el interés, pero la verdadera decisión suele producirse mucho después, cuando esa persona conversa con su pareja, consulta a un amigo, lee una opinión, ve un contenido en redes sociales o recibe una recomendación.

La compra no ocurre en un único momento.

Es el resultado de muchas pequeñas interacciones distribuidas en el tiempo.

Y la tercera conclusión es que no gana la marca que más aparece, sino la que mejor encaja en la vida de las personas.

Las marcas que consiguen formar parte de las conversaciones cotidianas tienen una enorme ventaja frente a aquellas que únicamente interrumpen con publicidad.

El reto ya no consiste solo en captar atención.

Consiste en generar confianza suficiente para que otras personas hablen de la marca cuando esta no está presente.

Porque, al final, la verdadera influencia ocurre precisamente ahí.

En una conversación entre amigos.

En una recomendación familiar.

En un mensaje de WhatsApp.

En una publicación compartida.

O en una simple frase como: «Yo lo tengo y la verdad es que funciona muy bien.»

Ese tipo de conversaciones siguen teniendo mucho más poder que cualquier anuncio.

Con esta reflexión llegamos al final del episodio.

Si os interesa profundizar en esta forma de entender el comportamiento del consumidor, Me lo compro estará disponible en librerías y plataformas online a partir del 27 de abril, además de en establecimientos como Casa del Libro, FNAC o Amazon.

Ha sido un placer compartir esta conversación y descubrir una perspectiva diferente sobre cómo tomamos decisiones de compra y qué papel deberían desempeñar las marcas en ese proceso.

Gracias por acompañarnos en este episodio de Hybrid Leaders.

Nos escuchamos en el próximo capítulo.

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